domingo, 31 de julio de 2016

CRÓNICA ULTRA TRAIL SIERRA NEVADA 2016

Ir un fin de semana a Granada y no visitar La Alhambra me pareció un pecado mortal, así que a las casi 21 horas que estuve trotando por Sierra Nevada habría que añadirle las 3 horas que duró la visita a la octava maravilla del mundo. Esa visita merecería una crónica por sí sola, porque volver a ver los jardines del Generalife, las inscripciones en yeso y las torres rojas de La Alhambra te deja sin aliento del mismo modo que subir los cortafuegos de los montes que rodean Granada.



Antes de empezar a hablar de la carrera quería hacer un pequeño homenaje a uno de los monumentos más grandes de la humanidad, además, hablando de monumentos, las que también se merecen uno son Sonia y Rut, que estuvieron detrás mío todo el sábado con la chicharrera que estaba cayendo en el monte. La verdad es que estos retos perderían sentido sino fuera acompañado como voy siempre de mi novia Sonia y de otros amigos, que en lugar de pasarse el fin de semana tapeando y bebiendo cañas por ahí, se dedican a ir de un sitio a otro dándome ánimos, haciéndome reír o impidiendo que me retire.


En cuanto a la carrera en sí, lo primero que me hizo ilusión fue conocer a Rober, un compi de Burgaleses En El Running con el que tuve oportunidad de charlar un rato antes de la salida. La verdad es que siempre me han dado envidia esos corredores que a falta de poco para la salida, saludan a compañeros y conocidos de otras batallas. A mí nunca me pasa. Siempre corro solo y nunca me encuentro con nadie, así que me quedo quieto, esperando que den la salida y como mucho les hago una foto de grupo a otros corredores que me lo piden. Pero esta vez fue distinto y me sentí más integrado, aunque la integración duró los 3 segundos que tardé en perder a Rober, que salió como una flecha en cuanto dieron la salida, jejeje.




Yo conocía los primeros 64kms por haber hecho la carrera corta el año pasado. A partir de Güejar Sierra todo era desconocido, así que salí con la idea de hacer una carrera parecida al año pasado y llegar sobre las 11:30 de la mañana a ese km 64 (finalmente llegué a las 12 en punto). Recordaba las subidas, sobretodo el temido cortafuegos, y las bajadas, con grandes pendientes y mucho polvo y tierra seca, así que fui concentrado y motivado esperando que se hiciera de día lo antes posible. Finalmente, sobre las 06:30 empezó a clarear y un poco más tarde llegué al avituallamiento de Quéntar con la sensación de que la noche no había sido tan dura y los desniveles no me habían afectado demasiado. Igual le tenía tanto miedo al calor que se esperaba ese día que las subidas no me parecieron tan duras como el año pasado.

Tengo que decir que si el año pasado la labor de los voluntarios ya me pareció brutal, este año se superaron. Había momentos que tenía delante de mí un par de chavales llenándome las botellas, dándome fruta u ofreciéndome cocacola... otra cosa que me sorprendió gratamente es que fuera la hora y el lugar que fuera, en todos los avituallamientos había bebidas frescas!

Volviendo a la carrera, en el avituallamiento de Güejar Sierra, al que como decía, llegué sobre las 12 del mediodía, me cambié de ropa y comí y bebí todo lo que me dieron Sonia y Rut. Me dejé untar crema solar por medio cuerpo y cogí ánimos para afrontar la parte de carrera que no conocía, con temperaturas que ya empezaban a pasar de los 30º y acercándonos a los 2000m de altitud. Pero a los 3 ó 4 kms de salir del pueblo pasé los peores momentos de carrera. Empezó la subida al barranco de las Culebras, sin una sombra, con un calor de morirse y encima sólo. Iba metiendo la gorra de vez en cuando en los riachuelos que empezaba a haber por allí, pero mi ritmo iba bajando y me pasaban cada vez más corredores. Poco más tarde caí en la cuenta de que ya habían soltado a los del maratón, que me pasaban subiendo como cabras. De hecho me tuve que quitar los cascos, porque no los oía llegar y de repente los tenía en la espalda pidiéndome paso.

Hasta el km 80, donde estaba el avituallamiento del Monasterio de los Jerónimos, pasé momentos muy malos. El tibial derecho me iba dando avisos, y creo que fue gracias a las pastillas de sales que iba tomando cada hora, que no se me acalambró. A partir de ese km 80, el terreno no cambiaba, seguía la eterna cuesta arriba, pero al menos ya se empezaba a intuir el Veleta (techo de la carrera) y se veían los edificios de Pradollano, así que me animé y formé grupito con dos o tres chavales y una chica flaca que iba como un tiro (por cierto Beatriz, me he permitido buscarte en google y creo que no te caben los trofeos en casa!, enhorabuena!).

El avituallamiento de Pradollano (km 88,7) fue una piedra de toque importante, porque cuando estás allí, sabiendo que te esperan 5 horas más, lo que dura la subida y bajada del Veleta, para volver a meta en el mismo puñetero sitio, te entran más ganas de quedarte allí que de seguir. Pero en fin, aunque cansado físicamente, mi cabeza me decía que adelante, además mis chicas no me hubieran dejado abandonar allí, estando tan cerca del objetivo de este año.

La subida al Veleta fue una odisea. Ya llevábamos casi 90 kms y se nos presentaba por delante un km vertical en menos de 7 kms de carrera. Hicimos un tren entre 7 ú 8 corredores, pero no sabíamos si se llegaba a la cumbre del Veleta, ni si había avituallamiento arriba, porque en principio, la organización no lo había previsto. Yo tuve la lucidez de no agotar todo el agua, y bebí poco en la subida, aunque finalmente mi previsión no sirvió de nada, porque sí que había avituallamiento a 3100m de altitud. Esa subida, como digo, fue dantesca, la gente estaba bastante desmoralizada, sobretodo por no saber si había avituallamiento o no. Durante horas estuve con un chaval, al que mucha gente conocía. Iba jodido de los pies y arriba hasta le entrevistaron. Días después me he enterado que era el famoso youtuber Valentí San Juan (si tenéis oportunidad, echadle un ojo a sus burradas, son flipantes!).

En fin, la subida no fue dura, sino durísima, pero es curioso como después de sentarme al sol y comerme un sandwich de Nocilla se ven las cosas de otro color, y al bajar iba casi cantando, sabiendo que la meta estaba cerca y que la paliza había merecido la pena. Me junté con un chaval de Córdoba, y charlando y riéndonos, la bajada se nos hizo cortísima y pudimos cruzar la meta en menos de 21 horas.

De lo mejor de la carrera fue el trofeo, y no hablo de la medalla que nos pusieron al cuello, sino de un helado que me comí en meta como si llevara años sin probar ninguno, jajajajaja... hasta en esas cosas son originales los granaínos!

Y poco más que añadir. Quería hacer un apunte de material. Durante toda la carrera estuve con las mismas zapatillas, unas La Sportiva Akasha, compradas este mismo año y con menos de 100 kms de trastadas. Tengo que decir que son las mejores zapatillas de trail que he tenido nunca. Ni una ampolla, ni calentamiento de pies, ni uñas rotas o negras. Nada. Pienso repetir.

Muchas gracias de nuevo a mis fieles acompañantes, Sonia y Rut, y desearle suerte a Rober, a ver si nos vemos en otras tontunas así.

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